La charca

Esta pintura tiene seis años, creo recordar que también fue un año de lluvias, puede que no tanto como este, pero también hubo riadas y muchos campos se anegaron como el de esta fotografía de la que saque este cuadro. 
Venia en un periódico como noticia y a mi me gusto y la recorte y guarde, hasta que un día me dio por pintarla.
No se que clase de árboles eran, tenían unas hojas menudas pero no tenían la forma de los olivos.
Me hubiese gustado que quedara más definida la variedad de árboles que he pintado, pero no tengo ni idea como se pueden llamar ni a la familia a la que pertenecen. Tampoco yo he sabido darle las formas correctas para averiguar que árboles son. Ya no creo que tenga tiempo ni memoria para aprender a pintar árboles con la personalidad de cada uno.
Lo pinte sola en casa, sin los consejos del profesor.
Pero bueno, ¡que más da! a mi lo que me gusto fue el agua que servia de espejo y la composición del tema.








El algodón de azúcar

Ayer tarde fui a Tomares, estaba el día nublado y me encontré con este cielo de nubes, las bajas, oscuras como para descargar su agua, y las blancas parecían algodones dulces, ¡sí, de esos de las ferias! Ahora los tiñen de rosa, pero cuando yo era niña, todos eran blancos. ¡Como me gustaban y me gustan! Metía la cara en el algodón y al retirarla me traía un bocado y un pegote en la nariz pegado. Me daba risa y disfrutaba de lo lindo con solo aquel palo, envuelto en aquel algodón dulce y pegajoso que me dejaba las manos pegadas sin poder tocar nada, me chupaba los dedos intentando quitarme el azúcar, así hasta llegar a la caseta donde me las lavaba. 
¡Que pena! que poco tiempo duraba aquel sabor dulce en mi boca, pero más pena me da, que gustándome tanto, no sea capaz de compradme uno cuando veo un puesto de algodones, pero se por que es; me veo con el pegote de algodón en la nariz y las manos pegajosas. 
¡Ahora que lo pienso! En algún sitio de por aquí, he visto un algodonero, echaré toallitas de esas mojadas en el bolso, y la próxima vez me compraré uno ¡Lo prometo! Cerraré los ojos y me trasportaré a la feria de abril, a mis siete años, cuando me comía el algodón.


Las flores copiadas

  No hace mucho, navegando por Internet di con un vídeo de un pintor que enseñaba como se pintaban las flores, viéndolo parecía facilísimo y me acorde de este cuadro y del trabajo que me costo copiarlo. No encontraba la manera de dar forma a estas flores y conseguir que fueran todas diferentes, notándose la  variedad de plantas que había en el jarrón.
Con mucho esfuerzo y muy desanimada, fui dando pinceladas, intentando copiar lo que tenia delante de mis ojos, una fotocopia, toda desvaída en color y contrastes. Los colores no eran los míos, los copie lo mejor que pude, pensando que el original seguramente tenia un colorido más fuerte, así que les subí un poco el tono a las flores y hojas para que no quedara tan apastelada la pintura.
La vida es como la pintura, hay que usar el pincel con las emociones, cuando estas se oscurecen, hay que poner un poco de color y un poco de luz para no agobiarnos con la oscuridad.
El cuadro de la vida nunca esta pintado a gusto de todos, pero en nuestra privacidad cada uno es libre y tiene la opción de dar pinceladas de diferentes colores a aquello que este en nuestra mano y que podamos cambiar, empezando por uno mismo, es difícil pero no imposible si se pone voluntad.


La copia del otro

Este es otra de mis pinturas, y esta fue la segunda vez que copiaba este motivo. A mi hija mayor le gusto el primero que pinte y me pidió que le pintara uno para ella.
Como soy muy mala copiadora, no salio igual que el primero, pero a ella le gustó y se lo llevo para su casa.
La fotografía, esta regular, no consigo hacer las fotos de los cuadros derechas, y es por culpa del gran angular, según tengo entendido. O soy yo que no consigo encuadrar bien a pesar de la cuadricula que le tengo puesta a la pantalla de la cámara, la mía es muy sencilla, y pocas cosas puedo cambiar.
Hecho de menos las fotografías que hacíamos antaño con nuestras cámaras réflex, aquellas que se les cambiaba los objetivos, o no se les cambiaba, pero si tenían las opciones de cambiar la velocidad y el diafragma, y puede que algunas cosas más que ya después de tantos años no las recuerdo.
Lo que si tengo claro es que íbamos a todas partes con las cámaras de fotos y nuestro carretes en blanco y negro, después revelaba la película mi esposo y entre los dos las pasábamos al papel en el laboratorio improvisado, que en cada casa a la que nos mudábamos por motivos de trabajo, montábamos.
Era nuestro hobby, nuestra distracción, para aquella época que pocas distracciones teníamos en los pueblos. Hablo de 1973, que fue cuando le compramos la ampliadora a nuestro vecino Manolo quien nos aficiono a esto de revelar nuestras propias  fotografías.
La fotografía lleno muchas de nuestras horas y días de descanso, gracias a ella conservo muchos momentos de reuniones familiares y las imágenes de mis hijos conforme iban creciendo.
Hoy con las cámaras digitales es distinto, no tiene tanta emoción como cuando te entrabas en el cuarto oscuro y encendías la luz roja. A través de la lente de la ampliadora, atravesada por una fuerte luz, veías las imágenes en negativo, y después de unos minutos bajo la luz, dejabas el papel dentro de la bandeja donde estaba el revelador y observabas como salían las imágenes en positivo sobre el.
Muchas veces, los pocos minutos de espera se convertían en alegría de ver una buena foto, otras en frustración, la foto era mala.
Eso nos pasa con muchas personas, al conocerlas les hacemos una fotografía mental y hasta  pasado un tiempo no vemos si es buena o nos equivocamos.