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Ayer una amiga me contó que tuvo una conversación con un amigo que le "enriqueció" como persona. Le hizo ver, que el corcel que decía le ponía la sociedad o las gente que la rodean, no era así. Ese corcel imaginario, se lo ponía ella misma.
Ella era la que permitía que ciertas personas la manipularan.
Si el hacer algo que va en contra de sus convicciones y deseos, si lo hace creyendo que eso es lo que los demás esperan de ella, se estaba metiendo sola en el corcel.
Que era libre para aceptar si quiere condiciones o no! Libre para ir a una fiesta vestida como le guste, en vaqueros o traje de gala.
Yo pensé, ¡Que difícil es ir contracorriente! Aunque a veces ese otro yo que llevamos dentro que casi nadie conoce, se revela y protesta y casi se vuelve salvaje en su impetuoso deseo de libertad.
¡No pasa nada! todo queda en unos días de silencios... De pensamientos tristes o llenos de ira, de enfado con tu yo exterior. Te prometes cambiar, pero todo vuelve a ser como siempre, sigues las normas que te enseñaron desde la cuna, a obedecer lo que una sociedad regida por hombres te inculcaron las mismas mujeres que te trajeron al mundo y te cuidaron.
Lo peor de todo es que muchas generaciones de mujeres han seguido y siguen con el patrón de siglos confeccionado para ellas y sus hijas.
Y no pensemos que eso eran otros tiempos, he visto como chicas, jóvenes y menos jóvenes, pierden su dignidad de mujer queriendo a hombres que las maltratan, a chicos que insultan a compañeras de clase y ellas siguen detrás de ellos como perritos falderos.
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